Retrospectiva emotiva y literaria

January 4, 2000

 

Hace algunas semanas, en apretada síntesis y con mirada retrospectiva, traté de analizar el siglo que terminó —sin pretender, desde luego, abarcar el milenio—, llegando a la desoladora conclusión de que fue la centuria de la destrucción, en que la mente humana desarrolló los inventos más sofisticados para la aniquilación del género humano. Curiosamente, la mayoría de las revisiones que se publican cotidianamente sobre los últimos cien años, se centran en el deporte, no obstante que nuestro país es pródigo en fracasos deportivos y nuestros deportistas, por razones mentales más que de aptitud, están casi negados para el triunfo. Después de este tema, las guerras, los fenómenos políticos y los desastres naturales ocupan la atención de quienes acostumbran pensar y comunicar sus inquietudes al publico.

Por ello, durante varias entregas, me dedicaré a escribir sobre las grandes personalidades mexicanas del siglo XX, intentando hacer justicia a quienes nos regalaron su inteligencia, su pasión, su estudio, su amor por México, para legarnos un país más grato, más digno. Recobrar lo mejor de lo nuestro es la mejor forma de marcar un derrotero para transitar en el siglo y milenio que ha comenzado.

El siglo XX se inició en nuestro país con aires de un romanticismo heredado del XIX, al ritmo de los valses “Sobre las olas”, de Juventino Rosas, "Recuerdo", de Alberto M. Alvarado, y “Dios nunca muere”, de Macedonio Alcalá. La revolución parecía imposible, y por ello empezaré con personajes de la literatura, la poesía, la novela, necesariamente nacidos antes de 1900. Tal es el caso de dos hombres de letras incorporados a la diplomacia: Federico Gamboa y el inolvidable bardo nayarita Amado Nervo.

Gamboa, quien pasó su juventud en Nueva York, se unió al servicio diplomático y —casualmente al igual que Nervo— fue embajador en Argentina, donde impulsó una tertulia literaria. Estuvo también en Brasil y España. Escritor naturalista, publicó en 1888 “Al natural”; después “Apariencias”, y más tarde “Primera ley” y “Meditaciones". Comenzando el siglo XX dio a conocer "Santa", que años más tarde se convirtió en el primer gran éxito del cine mexicano.

Amado Nervo perdió su calidad de indiscutible con el paso de los años, y reclama reivindicación. Discípulo de Rubén Darío, su inicio y final se vieron interrumpidos por el seminario y la muerte de su esposa (por quien nos regaló “La amada inmóvil”). Podemos solazarnos en su misticismo con “Gratia plena”, “Aquempis” o “El estanque de los lotos”. Desde luego, incursionó en la narrativa con “Pascual Aguilera”, “El domador de almas” y “Almas que pasan”. Murió en Uruguay, en 1919, pero fue hasta 1920 cuando aparecieron sus obras fundamentales. ¿Quién no se ha recreado con “En paz”, donde hace cuentas de la vida y nos convoca a ser los arquitectos de nuestro propio destino? No cabe duda que fue el gran romántico de inicios del siglo XX.

Médico por vocación, revolucionario por pasión, escritor por accidente y oculta vocación, Mariano Azuela se convirtió en la columna vertebral de la narrativa mexicana del siglo XX. “Los de Abajo”, novela fundamental de nuestras letras, revela a este jalisciense ilustre, quien defendió sus ideales al grado de tomar las armas, primero con Madero y después con Villa. Tras su obra básica vieron la luz “Las Moscas", "Las luciérnagas” y "El desquite”. En todas ellas, a pesar de que se le haya calificado como reaccionario, plantea la evolución del movimiento revolucionario y de su resonancia en la sociedad mexicana. Fundó el ilustre Colegio Nacional, dejándonos un postrer legado de obras como “Sendas perdidas” (1949), “La maldición" (1955) y “Esa sangre” (1956), las dos últimas póstumas.

Símbolo de la intelectualidad y la política del siglo XX mexicano, maestro de América, guía señero de la cultura y la juventud, es José Vasconcelos la representación de la cultura, la inteligencia. Activo, iluminado, decidido, simpatizó con Madero siendo ya abogado. Sufrió el encarcelamiento, como muchos otros que han dejado huella. Expatriado, representó a la Revolución en Washington. Escritor profundo de filosofía, fue dos veces ministro de educación. Escribió sobre pedagogía y sociología, y con espíritu bolivariano nos legó su concepto de “raza cósmica”. Ensayista y periodista, expresó su visión de un Prometeo vencedor. Escribió "Ulises criollo" y "La fama", además de su breve historia “Otra visión de Hernán Cortés”. Ensayista político, se identificó de algún modo con las ideas marxistas, pero conservando la fe católica, lo que reñía con el materialismo dialéctico.

Vasconcelos es quizá el mexicano más universal del siglo que recién terminó. Durante su juventud se aventuró en la lucha antiimperialista y fue uno de nuestros políticos más carismáticos. Ante el desafío que planteó su candidatura a la Presidencia, Plutarco Elías Calles ensayó la maquinaria del partido recién creado, y le fue arrebatado el triunfo en las elecciones, convirtiéndose en la primera gran víctima del sistema que ahora se niega a morir. Cualquier relación de los mexicanos más grandes del siglo XX tendrá necesariamente que estar encabezada por Vasconcelos.

“Patria, tu superficie es el maíz, tus minas el palacio del Rey Oros, tus cielos las garzas en desliz y el relámpago verde de los loros”. Nadie para dibujarnos la bucólica provincia, para escribir un canto épico como el jerezano Ramón López Velarde, quien pasó su juventud en el bello pueblito de Zacatecas donde las horas caen como centavos, entre fachadas de Tolsá, observando en su alameda el reloj rondado por palomos mientras veía pasar a Fuensanta con la blusa hasta el cuello y la falda hasta el “huesito”. Como Vasconcelos, fue abogado y trabajó en los ministerios de Gobernación y de Relaciones Exteriores.

López Velarde, poeta de privilegio, dotado para la metáfora, murió indebidamente joven. Su poema “Suave patria” es sin duda, en este atormentado México, una contribución invariable para crear un espíritu integrador de la patria. Los mexicanos somos otros cuando escuchamos los maravillosos versos que arropan a la nación toda.

Entre los intelectuales de fuste, de profunda prosapia y valor universal, sin duda está mi paisano Alfonso Reyes. También estudió derecho —que casi no practicó—, y se ocupó de tanto que podría ser el intelectual más completo. Intentó todos los caminos del saber y la literatura; sus ensayos son maravillosos, al igual que la novela, la poesía, los estudios históricas, las investigaciones lingüísticas.

Es quizá aventurado decir quiénes fueron los mexicanos universales más importantes del siglo XX, pero me atrevería a afirmar que junto a Alfonso Reyes y Vasconcelos se encuentran Torres Bodet y Octavio Paz. Pero dejemos que hable Borges: "Dominaba (lo he visto) el oportuno arte que no logró el ansiado Ulises, que es pasar de un país a otros países y estar íntegramente en cada uno". Poeta de: "Huellas", "Ifigenia cruel"; ensayista de: "Visión de Anáhuac", "El cazador" y El deslinde"; narrador de "El plano oblicuo; comentarista de: Góngora, Gracián, Ruiz de Alarcón, Sor Juana y Nervo; traductor de Chesterton y de Murray; privilegiado, único cantor de Homero. Mexicano de excepción, abogado, intelectual, devoto de la Grecia clásica y los versos de Virgilio, Alfonso Reyes, honró con su existencia la escena intelectual del siglo que acaba de finalizar.

 

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