Retrospectiva emotiva y literaria (II)

January 12, 2000

 

Quiero continuar con esta reseña de aquellos que, con su inmenso talento, con su inteligencia, con su renuncia a la frivolidad, iluminaron el florecimiento intelectual de México en el siglo XX y elevaron la existencia de todos los que alcanzamos a vivir su tiempo.

Voy a recordar a un hombre de excepción, que sin duda se encuentra entre los mexicanos universales del siglo: Jaime Torres Bodet, abogado de profesión, hombre de fina sensibilidad y muchas capacidades. Estuvo en el servicio diplomático, logrando la más alta distinción y responsabilidad que haya obtenido un mexicano, que fue dirigir la UNESCO. Trabajó en diferentes dependencias de la SEP, donde fue la mano derecha de Vasconcelos y fungió en dos ocasiones como secretario.

Como diplomático estuvo en Madrid, París, Argentina, Francia y Bélgica, y se desempeñó como secretario de Asuntos Exteriores. Dirigió la campaña contra el analfabetismo, la Comisión de Construcción de Escuelas, la Comisión de Libros de Texto Gratuitos, el Plan de 11 años y muchos otros proyectos. Como poeta, a los 17 años publicó “Fervor” y después “En el corazón delirante” (1922), “Biombo” (1925), “Cripta” (1937), “Sonetos” (1949) y “Sin tregua” (1957). Obtuvo el Premio Nacional de Letras en 1966 y en 1967 publicó su maravilloso ensayo "Tiempo y memoria en la obra de Marcel Proust”. También participó en la Academia Mexicana de la Lengua y El Colegio Nacional, y dirigió la Academia de Bellas Artes del Instituto de Francia.

Sería imposible hablar de toda su obra, pero además de los poemas mencionados, destacan entre sus novelas La educación sentimental (1929), Proserpina rescatada (1931) y Sombras (1937); en su narrativa, Nacimiento de Venus y otros relatos; entre sus ensayos El escritor en su libertad (1953) y remembranzas como Tiempo de arena (1955), Años contra el tiempo (1969), Victorias sin alas (1979) y La tierra prometida (1971). Dice Jaime Saíd que “Torres Bodet se pegó un tiro en la boca, dejándose llevar con exceso poético de su sentido del deber”.

En su rápida existencia (sólo vivió 47 años) Javier Villaurrutia se convirtió, dentro del escenario de la poesía, la cultura y el teatro, en un clásico de la parte "romántica" del siglo que se fue, tanto que a la fecha la máxima presea a la que pueden aspirar los autores teatrales lleva su nombre. Como casi todos sus contemporáneos, estudió derecho, disciplina que abandonó para entregarse a la literatura. Fundó la revista Ulises con Salvador Novo, y posteriormente Los contemporáneos, que agrupó a los poetas más importantes de la tercera década del siglo XX.

Publicó “Nocturnos” y “Nostalgia de la muerte” —quizá su poema más perdurable— en Décima muerte y otros poemas (el llamado de la muerte estuvo presente siempre en su obra), y póstumamente Canto a la primavera y otros poemas. Su mayor importancia radica en que fue el innovador del teatro en México, y hay quienes lo vinculan con Eugene O’Neil. Incursionó en el teatro griego y se le recuerda con La hidra, Yerro candente y la famosa Tragedia de las equivocaciones. Fundó empresas teatrales como el Teatro de Ulises y el de Orientación. Murió en la Navidad de 1950.

Salvador Novo fue sin duda un personaje singular de nuestra historia, quizá más conocido en vida que otros por su capacidad para llamar la atención y hacerse publicidad, incluso con base en su especial manera de vivir, pues fue de los primeros en aceptar públicamente sus preferencias homosexuales sin falsos rubores. Intelectual fino, elegante, amigo de las reuniones sociales. Estudió Derecho y con Villaurrutia fundó las revistas Ulises y Los contemporáneos (que más que una revista fue un grupo o una corriente poético cultural).

Tras la aparición de su primer libro de versos, XX poemas, se convirtió en jefe editorial de la SEP, habiendo sido ya estudiante y maestro en Filosofía y Letras. Nuevo amor y Espejo son libros que adquirieron relevancia internacional y fueron traducidos a varios idiomas. Luego escribió en inglés sus Rimas del lobo de mar. Su pasión teatral se consolidó cuando abrió en Coyoacán el Teatro de la Capilla y su escuela de arte dramático. Su producción teatral y dramática tuvo como expresiones superiores El Quijote, La culta dama y Yocasta o casi. Escribió diversos textos, entre ellos una recopilación de las leyendas de Coyoacán, y fue Premio Nacional de Letras. Murió siendo el arquetipo del cronista de la ciudad de México.

Un jalisciense eminente, cuya obra está enmarcada por Al filo del agua y Las tierras flacas, irrumpió en las letras, la política, la filosofía y cátedra: Agustín Yáñez, nacido en Guadalajara, quien estudió también abogacía. Maestro de generaciones, expresó sus preocupaciones sociales y políticas en sus novelas fundamentales, convirtiéndose en parteaguas de la narrativa mexicana. En toda su obra se trasluce su preocupación por la tierra, ya que recogió las lecciones de Abad y Queipo sobre lo que la tierra representa en nuestra historia. Fue insigne maestro en la UNAM, primero en Filosofía y Letras, donde se destacó como director de humanidades, y también ejerció un magisterio importante en la Escuela Nacional Preparatoria.

Tuvo una intensa vida política, que culminó con la gubernatura de su tierra, Jalisco, para después ocupar la titularidad a la SEP. Fue miembro de El Colegio Nacional y presidió el Seminario de Cultura Mexicana y la Academia de la Lengua. También recibió el Premio Nacional de Letras. Su primera obra importante, Flor de juegos antiguos, refleja ya la búsqueda por identificar la provincia y la capital con periodos pre y postrevolucionarios. Con Al filo del agua inició un estilo literario que la convirtió en una de las novelas más importantes del siglo en México. Escribió otras obras ejemplares, varios ensayos y críticas literarias (sobresale especialmente un estudio sobre Fray Bartolomé de las Casas). Yáñez murió en 1980 con el bien de la patria y como una indudable figura mexicana del siglo XX.

Llama la atención que a pesar de las grandes figuras que ha dado Latinoamérica en la narrativa, la poesía y el ensayo, en el teatro no haya surgido un exponente que alcance esas alturas. Quizá la mayor figura del teatro en México durante el siglo que acabamos de dejar haya sido Rodolfo Usigli, quien se consagró en particular al arte dramático, culminando sus estudios en la Escuela de Arte Dramático de la Universidad de Yale. Como casi todos sus contemporáneos, perteneció al servicio diplomático, llegando a ser embajador en Líbano y también en Noruega. Por lo que hace a la actividad política administrativa, fue a muy temprana edad director de prensa de la Presidencia de la República con el presidente Portes Gil. Fue profesor de teatro en la UNAM y en la Academia Cinematográfica. Fundó el Teatro de Media Noche y fue director de teatro en el IMBA. Formó parte de Los Contemporáneos. Su obra teatral y dramática es intensa: El gesticulador, obra extraordinaria (1937); El niño y La niebla (1936); Llorona de sombras y Sobre Carlota (1943); Tres comedias políticas. Escribió poesía y publicó Conversaciones descifradas (1938), así como múltiples ensayos sobre el teatro. Recibió el Premio Nacional de Letras en 1972.

 

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