A Manuel de la Cera

December 18, 2009

 

Concluye ya 2009 y es tan justo como inevitable pensar en los hombres y las mujeres cuya presencia física ya no tenemos aunque perduren su obra y su ejemplo.

Por eso, ahora quiero hacer mención especial de nuestro querido e inolvidable amigo Manuel de la Cera, un hombre dinámico y comprometido con las mejores causas de la educación y la cultura en México.

Si bien lo conocí hace más de veinte años, cuando dirigió el Instituto Nacional de Bellas Artes (1987-1988), fue posteriormente cuando tuve el privilegio de tratarlo a través de mi compañero Alejandro Ordorica, quien compartía con él no sólo una amistad, sino coincidencia en tareas culturales desde los años ochenta, ambos como directores generales dentro de la Subsecretaría de Cultura, encabezada entonces digna y eficazmente por Martín Reyes Vayssade, otro entrañable amigo, fallecido en enero de 2007.

De la Cera fue todo un promotor cultural e hizo aportaciones muy valiosas en los diversos ámbitos donde se desempeñó. Fue evidente su pasión por la música y por tanto su impulso determinante, junto a Eduardo Mata, para la creación de orquestas juveniles en el marco del Plan Nacional de Música trazado por el maestro Carlos Chávez.

También se distinguió por promover la apertura de museos. Y qué decir de su presencia positiva en otras actividades igualmente relevantes en el campo educativo, al frente de la Subdirección General de Profesiones de la Secretaría de Educación Pública, o en la Universidad Nacional Autónoma de México como titular de Universidades y Escuelas Incorporadas y director general de Servicios Educativos. A eso hay que añadir que fue un dedicado profesor universitario durante más de tres décadas.

Alegre, vital, buen conversador, con un muy apreciable sentido del humor –al fin veracruzano de buena cepa–, dirigió meritoriamente diversas casas de cultura en México y en el sur de California. Asimismo, en los años noventa fue titular de la Dirección de Difusión Cultural y Extensión Universitaria de la Universidad Pedagógica Nacional y posteriormente asesor cultural de esa institución. Fungió también como asesor cultural en el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores de Estado, el Instituto Politécnico Nacional y la Central de Abasto de la ciudad de México, donde fue impulsor del programa cultural de la Bodega del Arte, rescatada del olvido por Alejandro Ordorica durante su gestión como director de ese estratégico organismo de abasto alimentario a principios de esta década.

Sirva, pues, este breve recuento como una muestra del benéfico y trascendente trabajo de Manuel de la Cera en bien de nuestro país.

Desde luego, expreso de nueva cuenta mi más sentido pésame a Lupita, como cariñosamente llamamos a quien fue siempre su amorosa y solidaria esposa.

Y para Manuel, una vez más, a nombre propio y el de Alejandro, nuestro afecto, respeto y admiración.

 

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