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Actualización de página abril 2016

A Esthercita, una gran enfermera

January 13, 2012

No soy muy partidaria de que en días específicos del año celebremos a los gremios y profesiones, pues corremos el riesgo de entrar en falta, puesto que, como reza el dicho, no están todos los que son ni son todos los que están. De

hecho, nos faltarían días del calendario para homenajear a todos los profesionales

que lo merecen. Además, el reconocimiento social debería extenderse a lo largo

de todo el año, en especial en el caso de nuestros padres o de aquellas etapas de nuestra historia que es primordial tener presentes por su trascendente significado.

En efecto, si bien se han estipulado fechas precisas dedicadas a ciertas profesiones, como por ejemplo el día del ingeniero o el día del abogado, no existe el día del pintor, ni el del literato o el del cocinero, ya no digamos de actividades tan imprescindibles como las del carpintero, el panadero, el carnicero y otros oficios a cual más meritorio.

No se trata tampoco –ni lo propongo– de que se inauguren fechas especiales para recordarlos, pues en todo caso lo importante es que tengamos conciencia de que sin excepción las profesiones y oficios son provechosos y útiles, social y económicamente, cuando se practican con responsabilidad y ética.

A pesar de estas reservas, debo admitir que no pasó inadvertido para mí el reconocimiento que se hizo a las enfermeras y enfermeros el pasado 6 de enero.

Aunque me llama la atención que en México se haya decidido festejar en pleno Día de Reyes a quienes ejercen la noble profesión de la enfermería, no quiero dejar pasar la oportunidad de sumarme al homenaje a quienes con frecuencia tengo muy presentes y son objeto de todo mi respeto por la alta misión social y humana que despliegan a diario, ya sea que se trate de personal de instituciones públicas o privadas, o de aquellos que trabajan por su cuenta llevando sus cuidados, conocimientos y experiencia a los propios domicilios de quienes los requieren.

¿Quién no ha tenido la necesidad en algún momento de su vida de ser atendido por una enfermera?, ya se trate de vacunas, curaciones, primeros auxilios, cuidados posoperatorios, aplicación de inyecciones o hasta para recibir pláticas de orientación en los más diversos temas de la salud, en cruzadas preventivas o de salvamento en situaciones de catástrofes naturales y por accidentes de diferentes tipos, dentro o fuera del hogar. En lo personal, en diversos episodios de mi vida he recibido el beneficio de su atención, ya sea como auxiliares en un parto o bajo sus

cuidados por algún padecimiento ocasional, y he de decir que siento un enorme agradecimiento por su invaluable labor.

Por otra parte, considero que no es justo ni recíproco –dado lo mucho que nos aportan– que reciban sueldos tan bajos y, peor aún, que con frecuencia no encuentren trabajo, lo cual no deja de resultarme un tanto confuso, pues se suele afirmar que se necesitan mucho más enfermeras de las que hay disponibles y que los servicios de estas profesionales son bien remunerados. Esa creencia tan difundida se contradice ahora con la versión oficial de que 70% del personal de enfermería en México carece de estudios de licenciatura, razón por la cual hay un rezago importante en lo relativo a sueldos y oportunidades de crecimiento en este campo. Debo comentar que ese dato me parece muy relativo, pues, a decir de las autoridades, la percepción salarial máxima a la que pueden aspirar quienes se dedican a la enfermería es del orden de trece mil pesos mensuales, que considero por debajo del ingreso que deberían recibir.

Hoy tengo aún más presentes a las enfermeras, pues hay una de ellas en particular que merece mi plena gratitud y admiración. Se trata Esther Vega, nuestra apreciada Esthercita, que cuida y atiende con amor y eficacia a mi madre, y la ayuda a sobrellevar los padecimientos que la aquejan a sus más de ochenta años de edad. No saben cuánto agradece mi familia a la diligente Esthercita esa vocación de servicio, entrega y compromiso que afloran día a día, noche a noche.

En fin, creo que estarán de acuerdo conmigo en que las enfermeras y los enfermeros son tan necesarios como valiosos, tanto ayer como hoy, en la guerra y en la paz, en lo colectivo o en lo individual. Merecen, entonces, mucho más que un día conmemorativo o un monumento; requieren gratitud, respeto y reconocimiento social, y eso debe ir acompañado de remuneraciones justas y condiciones laborales dignas, en reciprocidad a lo mucho que aportan a la sociedad.

 

 

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