Acción tricolor

May 19, 2016

 

Quién puede dudar de que ante el embate de la aguda crisis económica que padecemos es urgente poner en marcha un plan que atenúe sus terribles efectos, sobre todo entre los más pobres. Pero también hay coincidencia en que resulta indispensable lograr una mayor cohesión social y promover la confianza en que juntos podemos cambiar el país para lograr una sociedad más justa y próspera, a partir de un renovado ánimo social, donde los medios de comunicación desempeñan un papel determinante.

Por eso, además de actuar en diferentes foros ciudadanos con estos propósitos, mi compañero Alejandro Ordorica y yo hemos elaborado una propuesta, que ya presentamos a diferentes instancias del sector cultural –en especial al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes–, para contribuir con nuestro granito de arena a la ya muy cercana conmemoración tanto del bicentenario de nuestra Independencia nacional como del centenario de la Revolución mexicana.

Se trata de una campaña donde aparecen nuestros colores patrios a través de ricas y variadas expresiones de la cultura popular, que a lo largo de más de 10 años he venido captando en cientos de fotografías de mi autoría.

Estas fotos se acompañan con algunos textos, tanto de Alejandro, que es poeta y cuentista, como de diversos autores más, los cuales seleccionamos al alimón. Se trata de fragmentos o breves líneas de destacados escritores mexicanos de todas las épocas, que nos recuerdan con belleza y profundidad qué es la patria.

Consideramos que en estos momentos de crisis y desánimo por los que atravesamos en México y en el mundo entero se nos presenta una oportunidad excepcional para emitir mensajes de aliento y confianza en el país y en nosotros mismos como mexicanos. Se trata, entonces, de una convocatoria de reactivación social sustentada en nuestra identidad cultural.

Los colores que nos identifican como mexicanos se resumen emblemáticamente en nuestra bandera nacional, tan reconocida ahora por su belleza estética, pues en un concurso celebrado a través de la Internet el año pasado, la enseña mexicana quedó en primer lugar, con el título de la bandera más bella del mundo, seguida de las de Perú y Guatemala.

Pero más allá del lábaro patrio, cada uno de los colores aparecen plasmados, por acción voluntaria o involuntaria, en una vastedad de objetos, letreros, fachadas, artículos y en una lista casi interminable de materiales, así sea sin el orden tradicional de verde, blanco y rojo, o alternando de manera disímbola y en dimensiones asimétricas.

De forma similar, esos colores, que nos son tan familiares y entrañables, destacan lo mismo en una taquería que un rostro, una vulcanizadora o un llavero.

Desde luego, también en banderas que posan indistintamente automóviles, antenas de televisión, bancos, peregrinaciones, balcones y un sinnúmero más de sitios, desde los habituales hasta los inauditos.

Colores, al fin, que impregnan el sentir nacional imbuido desde la infancia y que se extienden después en todo tiempo y espacio, ya sea en la conciencia individual o en el inconsciente colectivo.

Por eso, nuestra propuesta de exponer estas múltiples, atractivas y hasta insólitas expresiones culturales, estéticas y cromáticas en lo que sería una explosión creativa del color tan nuestra, aplicada ahora simbólicamente a una posición individual o colectiva frente a la crisis.

A la vez, los contenidos básicos que acompañan a las imágenes pueden producirse y transmitirse lo mismo en radio y televisión que en folletos de tirajes masivos, sobre todo para nuestros niños y jóvenes.

Ya señaló el presidente Felipe Calderón en su reciente informe de gobierno que “Es la hora de cambiar, y es la hora de cambiar a fondo”, afirmación con la que no podríamos estar más de acuerdo.

Porque el hecho es que no podemos ni debemos seguir inmersos en una parálisis depresiva, por muy difícil que se vislumbre nuestro futuro. O, precisamente por ello, es urgente actuar en varios frentes que reactiven al país en su economía y en el cumplimiento más pleno de sus ideales. Esto incluye, desde luego, a la palabra, escrita y dicha, no cómo bálsamo, sino como un recordatorio de lo que hemos sido y de lo que somos capaces de ser.

 

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